El boxeo no es nuestro deporte nacional




Aún se comenta por la calle lo sucedido en el último juego de pelota de la subserie Villa Clara-Matanza, cuando el jugador yumurino Demis Valdés atacó al puro estilo de peleas “vale todo” al lanzador Freddy Asiel Álvarez, quien milagrosamente escapó del posible batazo.

El que no puedo salvarse fue el inicialista Ramón Lunar, quien –sin deberla ni temerla- pagó los platos rotos.
Sin embargo me pregunto qué hubiera pasado si Freddy Asiel no hubiera sido tan ágil y se agachara a tiempo; probablemente Lunar tuviera hoy el rostro intacto y Villa Clara entera estuviera velando por la salud del pitcher que fue agredido por un batazo en la cabeza….ah, y agredido por “uno ahí” que no era protagonista de nada y sintió la necesidad de salir a “hacer justicia”.
Si bien es cierto que, para algunos fue fuerte la medida aplicada a Freddy, puedo entenderla por cuanto es un atleta estelar que debe dar el ejemplo, y en realidad, sobran los pelotazos cuando un lanzador como él puede dominar perfectamente a cualquier equipo sin necesidad de ellos.
Lo que sí no entiendo es que Demis Valdés lleve solo un año de sanción, cuando hay un pelotero suturado en el hospital por sus “instintos justicieros de Batman” y que para todo el mundo es obvio que pudo ser peor. Pero bueno, eso ya es un tema para otro comentario.
El argumento que me lleva a escribir estas líneas está relacionado con la indisciplina social que se vive hoy en nuestras calles y que por supuesto se trasladan hasta las instalaciones deportivas. ¿Hasta cuándo vamos a hacernos los de la “vista gorda”?
Ya es algo que trasciende los límites de un lugar específico. Es verdad que estos jóvenes que se visten de peloteros forman parte de un contexto, de un país con características particulares y situaciones económicas altamente complejas, y entonces me vuelvo a preguntar: ¿Será este el reflejo de las tenciones diarias de la actualidad cubana?
Quisiera tener estas respuestas, pero no soy precisamente un psicólogo, ni un estudioso de patrones sociales; aunque desde mi puesto de periodista intente responderlas o incluso busque los argumentos que justifiquen estos actos.
No cabe la menor duda que para revertir esta penosa situación, todos debemos poner de nuestra parte, desde la familia hasta las instituciones del orden público, como máximo agente para imponer respeto.
Por ejemplo, la jurisdicción de la Comisión Nacional de Béisbol está dentro de los límites del estadio y del terreno de juego, incluso se pude aplicar un poco más allá, pero solo a los atletas que intervienen en la Serie.
Sin embargo no son ellos los que deben velar por la disciplina de los aficionados en las gradas, los cuales muchas veces agraden a los deportistas, más cuando las cosas no están saliendo bien, pues en vez de alentarlos, prefieren insultarlos, tanto dentro como fuera de la instalación.
Extraño mucho mis otras Series Nacionales, las que tenían más rivalidad y calidad, y menos guapería barata. Las que podrían tener algún problema de disciplina, pero la generalidad era demostrar “cosas” con un buen ponche o con un cuadrangular.
Este acto de violencia -porque lo fue- no se cortó de raíz, casi se logra, pero desde mi perspectiva no fue así. Como ha pasado últimamente en la pelota: ante indisciplinas con medias largas, los pantalones se nos quedan cortos.

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