Tres strikes con “El Jabao”




¿Quién no ha soñado ser compañero de equipo o rival de un ídolo en el deporte? Recibir o servirle un pase a tu futbolista preferido, lanzarle a un bateador admirado o intentar conectarle a un pitcher estelar.

Varias son las anécdotas que he escuchado sobre el lanzador Roberto Lorenzo Valdés González, “El Jabao”, acerca de su bola rápida, de su astucia para dominar a los rivales y de su valentía y elegancia cada vez que escalaba el box.
Nunca tuve la oportunidad de verlo en acción, mucho menos de retarlo a un turno al bate, pero tenía que intentarlo, así que agarré “bate” (grabadora), “guante” (agenda) y “pelota” (bolígrafo) y me desplacé hasta la vivienda número 604½ de la calle 4ta, del Reparto Sueño, en la urbe santiaguera.
Siempre dispuesto, me acogió y me dio la oportunidad esperada. El recibidor de su hogar se convirtió en nuestro terreno.
Mientras me acomodaba en el cajón de bateo, Valdés comenzó a rememorar sus primeros pasos en el béisbol.
“En el año 1961 después de terminar mi tarea en la brigada Conrado Benítez, comencé a jugar pelota en un equipo que teníamos en una carpintería cercana a mi hogar, y cuando el sindicato al que pertenecíamos organizó su representación, me escogieron para que jugara el campo corto, porque tenía buen brazo y no era tan malo a la hora de batear.
“Mi primera gran experiencia fue en la segunda categoría que se jugaba entre barrios, en lo que ahora es el CVD Antonio Maceo y otros campos que habían en la zona. En uno de esos partidos, el manager de mi equipo, mi gran amigo Bartolo, me dio la encomienda de cerrar un juego que íbamos perdiendo 5-0. Sin experiencia alguna como lanzador, agarré la bola y comencé a tirar duro en la zona de strike, y quién te dice que le dimos vuelta al partido y lo ganamos 8-5. Desde ese día me quedé como pitcher”.
Encandilado por la historia, “El Jabao” hizo uso de esa “maña” que siempre lo caracterizó y me sorprendió con una bola rápida a la que apenas pude sacarle en bate. Strike uno.
Volví a prepararme, bien parado en el home, con la vista en su ángulo de lanzar, y mientras me concentraba para conectarle un posible lanzamiento de rompimiento, sacó el pie de la tabla y me transportó en el tiempo a la época de su debut en la primera categoría, con el equipo Orientales.
“Recuerdo que fui llamado a integrar el conjunto Petroleros, que era una preselección entre los mejores de la segunda categoría. La exigencia era máxima, pues el pitcher que perdiera dos juegos era eliminado del grupo y jugábamos contra todos los equipos de la primera categoría de la llamada provincia Oriente. Fíjate la competitividad que había en el conjunto, que llegamos a ganar 27 juegos consecutivos, hasta que Manuel Alarcón nos ganó con el equipo Obras Pública, uno de los más populares y exitosos de la aquella época.
“Luego de eso, fui seleccionado para la  preselección que jugó el torneo interprovincial, donde participaban los elencos desde Villa Clara hasta Guantánamo, y en el año 1964 llegué al equipo Orientales, con el cual jugué 10 Series Nacionales”.
En esas campañas, “El Jabao” participó en 159 partidos con saldo de 77 victorias, 40 derrotas y ocho juegos salvados. Sus números son simplemente geniales y fe de ello son las 28 lechadas propinadas, los 1.75 de promedio de efectividad y el anémico average que le conectaron los rivales, solo 194.
Entre recuentos y datos me llegó el segundo strike. No fue un rompimiento como esperaba, me repitió la recta, aunque esta vez me la pegó más a la rodilla, donde le gustaba “ponerla”, imposible de batear. Solo me quedaba una oportunidad para no “poncharme”.
Convencido de que me tenía entre la espada y la pared, Roberto se tomó su tiempo para pensar con que me terminada de dominar, y con orgullo recordó haber sido el lanzador seleccionado para abrir el histórico juego final en el Campeonato Mundial de República Dominicana, en el año ’69, frente a los Estados Unidos.
“En aquel partido, el manager Sergio Borges me sustituyó a la altura del cuarto episodio, cuando después de un out me pegaron par de hits y me anotaron una carrera. Me relevó Santiago “Chaga” Medero y quien cerró el éxito por 2-1 fue Gaspar “Curro” Pérez. Esa es la mayor experiencia que he vivido en mi vida deportiva, porque fue la primera vez que fuimos campeones mundiales y derrotando a un poderoso equipo norteamericano”.
Ahora sí me lanzó la curva, difícil, logré hacer contacto, fue foul, pero no importa, aún mantenía esa última oportunidad.
“¿Sabes cuál es tu problema?”, me preguntó, “que estás más concentrado en verte bonito que en jugar a la pelota. Eres como la mayoría de los peloteros de hoy en día, les preocupa más el pelado y la forma en que les queda el uniforme, que salir a dejar la piel por su equipo, por esa afición  que va a respaldarlos. Es cierto que los tiempos cambian y la vida ahora es más agitada, tenemos mayores carencias y los muchachos también tienen sus problemas personales, a los que tienen que darle el frente. Cuando salía a lanzar, para mi no existía más nada, solo el box, mi compañero de batería (Ramón Echavarría), y la zona de strike.
“Yo no era muy ponchandor, me preocupaba más por sacar outs y que no me anotaran carreras, por eso siempre disfrutaba ver lanzar a Manuel Alarcón, aquellos movimientos que hacía y su efectividad para dominar a los rivales me inspiraban subir al montículo e intentar superarlo o imitarlo. Una vez me dijo que yo lo hacía mejor que él, nunca lo olvidaré. Eso sí, en mi equipo no podía faltar Fermín Lafita, un verdadero fenómeno, ese es el pelotero que yo siempre quería a mi lado”.
Y así me llegó el tercer strike, tirándole, nunca dejándole la decisión al árbitro. Cabizbajo abandoné el cajón de bateo y el estelar, quien hace pocos días cumplió 70 años de vida, me despidió, no sin antes hacer un guiño y decirme: “No te preocupes, lo hiciste bien, solo debes practicar un poco más y verás como te salen mejor las cosas. Cuando estés listo, lo volvemos a intentar. Eso sí, cuando me conectes dos hits, te doy cuatro bolas malas y te mando para primera base, porque mi promedio no me lo vas a afectar”.

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